Contra la mujiquización de la política

2022-01-14T08:00:00.0000000Z

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El Pais Uruguay

https://epaper.elpais.com.uy/article/281771337552906

EDITORIAL

Uno de los hechos más sorprendentes de esta semana fue la manera destemplada, inesperada en él, con que el veterano dirigente sindical Richard Read insultó al senador Juan Sartori en Twitter. Resulta que este último publicó un moderado elogio a las medidas del gobierno en el combate a la pandemia, sin ningún tipo de alusión a la oposición y en un tono sobrio y respetuoso. Por eso, resultó tan fuera de lugar el comentario al tuit que le replicó Read: “Loco, en serio, tenés un rostro de piedra. Me pregunto qué mal está la sociedad que 80.000 uruguayos te votaron. ¿Sabés qué es la vergüenza? Vivís en el exterior y hablás como si supieras y asumís los problemas de los uruguayos. Te lo voy a decir en ruso”, a lo que siguieron unos caracteres rusos ininteligibles y enseguida, entre paréntesis, un insulto procaz, en español y con todas las letras. Empecemos por el principio: desde estas páginas en muchas ocasiones no hemos sido complacientes con el proceder del hoy senador Sartori, sobre todo durante la campaña electoral hacia las primarias de 2019. O sea que nuestra sorpresa por el exabrupto de Read no está inspirada en simpatía alguna por el agraviado. Simplemente nos provoca extrañeza que una personalidad pública influyente como Read incurra en ese nivel de grosería que escandalizaría a cualquier demócrata, sin importar el partido al que perteneciera. Sorprende aún más tratándose de este dirigente sindical, que en su trayectoria más reciente ha mostrado siempre un talante moderado e incluso saludablemente crítico de las últimas administraciones, cualquiera fuera su color partidario. Es el mismo Read que en un primero de mayo para el recuerdo, puso en su discurso sobre la mesa la responsabilidad que deben tener los trabajadores en el cumplimiento de sus funciones. El mismo que promovió (y sigue promoviendo) con gran generosidad y apertura mental emprendimientos educativos públicos de gestión privada, en el mismo momento en que eran (y son) vituperados por los izquierdistas fanáticos. ¿Qué nos está pasando? ¿Es una suerte de “porteñización” de la política, donde la discrepancia respetuosa se hunde en la descalificación grosera? ¿Se trata en cambio de la contaminación del discurso mujiquista, que exacerba la intolerancia con un lenguaje siempre intimidatorio y procaz? ¿Es esa tan criticada lógica de Twitter, según la cual los posteos exitosos son aquellos que provocan mayor escándalo? Lo que puede valer para vulgares “trolls” que utilizan esa herramienta como una vía de descarga de frustraciones o guerra de guerrillas entre intolerantes, no debería valer para dirigentes que, tanto del oficialismo como de la oposición, tienen la responsabilidad de generar opinión y coadyuvar en la construcción democrática. Y eso Read lo sabe más que nadie, porque si alguien desde la izquierda ha tejido consensos y procurado coincidencias positivas, ha sido él. En última instancia, sería de desear que ese exabrupto haya sido fruto de un mal momento personal y que, aunque no pida las disculpas públicas correspondientes, la experiencia le sirva para retomar el discurso de tolerancia y respeto sin el cual no hay convivencia posible. El hecho merece destacarse porque, simultáneamente, la izquierda se ha rasgado las vestiduras por declaraciones altisonantes de la senadora Graciela Bianchi, realizadas en la intimidad de una reunión virtual y reproducidas a posteriori por un semanario. Se puede coincidir o no con el tremendismo declarativo de la legisladora oficialista, pero hay que reconocer que en ninguna parte de su testimonio apela a la descalificación insultante, como sí lo hizo Read en un medio público como Twitter. En democracia no se puede reprochar a 80.000 ciudadanos por haber votado a un senador, ni echar sombras sobre su formación cívica. Quien no entiende esto tan simple, incurre, lo quiera o no, en un reflejo autoritario de los que tanto daño hicieron al país décadas atrás. Llega la hora de subir el nivel de debate. Porque si los más influyentes dan un ejemplo tan pésimo, el país de los próximos años puede seguir un camino similar al que hoy transitan naciones como Argentina, Chile, Brasil y Perú: batallas campales entre extremismos antagónicos, que fuerzan a los ciudadanos a una polarización enemiga del consenso y la concordia. En esa prédica, los uruguayos hemos padecido el largo, interminable discurso de odio del expresidente Mujica. No continuemos por esa senda, si queremos conservar un sistema de contrapesos que represente las opiniones y sentimientos de las verdaderas mayorías del país.

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