LO QUE TIRAMOS

2022-05-14T07:00:00.0000000Z

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El Pais Uruguay

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PORTADA

de restos de alimentos, mezclados con plásticos y otros desechos, se transforman en biogás? Un ejemplo es Felipe Cardoso, el sitio de disposición final de residuos de Montevideo. ENTRE LA BASURA. A 10 kilómetros del centro de la capital, en Bañados de Carrasco, el trajín es permanente un viernes a la tarde, cuando El País recorre Felipe Cardoso. Cada camión hace entre dos y tres viajes por día hasta este lugar. En total son unas 600 descargas diarias y 900.000 las toneladas de residuos que se acumulan por año. Luego de pasar por una balanza que indica la cantidad exacta de kilos de basura que trae, el camión sube a menos de 20 kilómetros por hora el camino dispuesto en forma circular alrededor de una montaña de residuos que comenzó a formarse hace 22 años. Subirá al nivel 1, en donde se descargan los residuos domiciliarios, separados de los comerciales y de volquetas, que van al nivel 2. “Con la experiencia se concluyó que esta es la mejor manera de gestionar los residuos”, dice Pablo Fitermann, director del Servicio de Tratamiento y Disposición Final de Residuos de la IMM. “Por raro que parezca, la basura domiciliaria es mucho más homogénea y sabemos con qué nos vamos a encontrar, es como si fuera arena para nosotros. En la basura comercial y en volquetas podés encontrar cualquier cosa”, explica. Luego de dirigirse al nivel que le corresponde, el chofer espera la orden de los operarios que le indican a través de señas dónde debe volcar su carga. Quienes trabajan a la intemperie, parados sobre esa inmensa montaña de basura, están obligados a usar chalecos reflectivos anaranjados para evitar accidentes. Es otoño y hay sol, pero el viento sopla y está frío. Incluso en verano a veces es necesario estar abrigado sobre la cima de la montaña de 40 metros de basura desde donde se divisa la Torre de las Telecomunicaciones, el Cerro de Montevideo y el Aeropuerto de Carrasco. La tarea de los operarios es fundamental porque las descargas de los camiones se hacen de manera planificada para respetar la altura y la pendiente ya calculada que deberá tener la montaña. Las mejores aliadas son las estacas colocadas por todo el terreno que ayudan a identificar fácilmente cuál es la altura máxima que debe tener cada capa de residuos. Con la descarga ya hecha sobre el área correcta, entran en acción las dos protagonistas del proceso: la topadora y la compactadora. La primera máquina, en lugar de ruedas tradicionales, cuenta con orugas. Es una especie de tanque de guerra que tiene como batalla aplanar los residuos y empujarlos al ras del suelo con una cuchilla frontal rectangular. Luego, la compactadora los aprieta y los sella. Su estructura es similar a la de la topadora pero cumple otra función y es la de dar estabilidad a la montaña y contribuir a disminuir los olores. Las compactadoras son cuatro (implicaron una inversión de 500.000 dólares cada una) y, según relata Fitermann, trabajan mañana, tarde y noche circulando de lado a lado, una y otra vez, sin cesar. El control de los olores y de la presencia de diversos animales es parte de los asuntos a gestionar. El paisaje revela algunas obviedades y hace suponer otras. Las gaviotas y palomas que se acercan por decenas sobrevuelan solo en donde hay basura fresca, no compactada. Picotean sobre bolsas, botellas, restos de comida, recipientes de todo tipo, cajas, nylon, objetos de vidrio y de metal, pilas, cables, cuerdas, papeles y residuos ya imposibles de identificar, que generan un olor sin dudas perceptible pero menor al que el panorama hace suponer. Las ratas durante el día no se dejan ver pero, claro, habitan el lugar; sería ingenuo creer lo contrario. También hay perros por ahí, no circulan en las zonas en donde se está removiendo la basura pero sí en los alrededores. Lejos de las máquinas, pero lo suficientemente cerca para cumplir un papel disuasivo, un policía a caballo vigila que se respete la prohibición de ingreso de clasificadores y cumple su cometido: no se ve a nadie. En la montaña hay tres pisos de basura de 10 metros cada uno y otro subterráneo que está aislado del suelo con una capa impermeabilizadora, una de las tecnologías esenciales que emplean los rellenos sanitarios. La montaña se compone de un sistema de capas que, a medida que van cumpliendo con su altura máxima, se tapan con arcilla. La última capa se tapará con tierra negra, allí crecerá pasto y entonces la usina 8 lucirá igual que la 6, que ya cumplió su ciclo en 2005 y que tiene hoy caballos pastando. La imagen nunca haría pensar que debajo de ellos hay toneladas de basura que quedarán enterradas para siempre. La usina 8 está separada de la 6 por la calle Cepeda, sobre la que se trabaja en una ampliación del área de disposición. Cuando el terreno de actual colme su capacidad, el plan de la IMM es expropiar el área contigua para poder seguir aprovechando la red de tratamiento ya montada, que incluye una planta. Allí se reciben los líquidos que se desprenden de los residuos —denominados lixiviados— cuyo tratamiento es obra central de los rellenos sanitarios. En esta planta trabajan algunos de los 60 empleados que tiene Felipe Cardoso, aunque la mayor parte del procedimiento ●●●

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