Testaferro del fracaso

CLAUDIO FANTINI

2022-06-23T07:00:00.0000000Z

2022-06-23T07:00:00.0000000Z

El Pais Uruguay

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INTERNACIONAL

Ser su “testaferro del fracaso”. Ese parece el rol que Cristina Kirchner decidió para Alberto Fernández. Quizá, sus enojos con el presidente no sean más que una actuación y que, en realidad, ella asuma que no tiene ningún plan para terminar con la inflación y generar crecimiento sostenido de la economía. Ante ese vacío de ideas para revertir el desborde de la pobreza, lo mejor es posar de traicionada por su propia creación, y acusar al jefe del Poder Ejecutivo de haberla maniatado en el liderazgo y cajoneando los compromisos asumidos con ella cuando lo bendijo con la candidatura. Normalmente, la figura del testaferro está ligada a fortunas cuyos verdaderos dueños necesita ocultar. Pero en el extraño caso del gobierno argentino, lo que probablemente la vicepresidenta necesita es poner a nombre de otro es el fracaso que considera inexorable. De ser así, Alberto Fernández es ese “otro” al que eligió de testaferro. A su nombre, exclusivamente, debe estar este gobierno gris, destartalado y errático. La vicepresidenta toma distancia pero, al mismo tiempo, ratifica la continuidad del Frente de Todos. O sea, reivindica a la coalición de la que es reflejo un gobierno al que considera fallido. ¿Cómo puede ser útil y valiosa la coalición que engendró un gobierno con rasgos esperpénticos porque se ataca a sí mismo y se autoneutraliza? Una contradicción reveladora del extravío del oficialismo. Nadie entiende por qué Cristina Kirchner se ensaña tanto con el hombre al que ella eligió para ese cargo. No tiene lógica que lo humille, por ejemplo, encabezando actos en los que lo ataca con vehemencia, exhibiendo a su lado a ministros del presidente vilipendiado. En el último acto, el ministro de Desarrollo Territorial y Hábitat, Jorge Ferraresi, escuchó el discurso de la vicepresidenta sentado junto a ella, riendo con cada chiste que ridiculizaba al gobierno y aplaudiendo cada frase ingeniosa y cada chicana contra el vapuleado Alberto. Los ministros, secretarios y subsecretarios que responden a la líder del kirchnerismo se prestan a ser aplaudidores en esos shows de stand up en los que se denigra al presidente porque, quien lo eligió para el cargo, cuestiona lo que hace y descalifica a su equipo gubernamental. Por cierto también resultan denigrados los ministros que se prestan a esos linchamientos de la imagen presidencial. Y lo saben. Pero en el kirchnerismo nadie parece percibir tales escenas como rasgos despóticos de Cristina y actitudes miserables de los funcionarios que aceptan esos roles lamentables. En esas bases con actitudes de feligresía, la interpretación dominante de la anómala situación es que la mujer que los lidera es fiel a sus banderas políticas y no puede callarse ante la traición que está cometiendo el presidente para congraciarse con los poderes fácticos, con los medios hegemónicos que manejan la opinión pública, con el Fondo Monetario Internacional y con Washington. “Cristina no transa y no se calla”, piensa la militancia. El problema, según esas bases leales a la vicepresidenta, no son los cuestionamientos que hace ella sino las traiciones y capitulaciones de Alberto Fernández. Nadie se pregunta por qué el presidente cede en tantas áreas ante las presiones de la vicepresidenta, pero no cede en el área económica. Por qué le entregó la cabeza de ministros con los que tenía fuertes vínculos políticos y profesionales, además de afecto personal, como Marcela Losardo y Matías Kulfas, pero se resiste tanto a entregarle la cabeza de Martín Guzmán. ¿Por qué sede en tantas áreas políticas, pero defiende con empeño la política económica? Quizá, la respuesta sea que Cristina Kirchner no tiene alternativa para la política de ajuste vía inflación que aplica Guzmán para cumplir lo acordado con el Fondo Monetario Internacional, y lo que busca la vicepresidenta es tercerizar la responsabilidad de ese ajuste, simulando oponerse. De ser así, Alberto Fernández también estaría actuando, porque habría aceptado convertirse en testaferro del fracaso.

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