2022-08-06T07:00:00.0000000Z

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El Pais Uruguay

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QUÉ PASA

ron menos de la mitad del terreno. A su alrededor, tal como hacían en Inglaterra, levantaban casas. Todo esto en el medio del campo”, precisa Bianchi. No se radicaban allí todos los trabajadores, pero sí los más necesarios. Vivían los obreros del tren, los mandos medios y los jerarcas. Había tres núcleos de casas. Al norte de la vía, los obreros; al suroeste, los mandos medios; al sur, los dos jerarcas: el jefe de los talleres y el jefe de almacenes. “El ferrocarril tiene esa impronta inglesa. Había una estratificación social que obligaba a construir casas cercanas pero separadas totalmente”, dice Bianchi. “Ese grupo de casas fue el primer grupo de viviendas económicas del país, y a poca distancia estaban los chalets ingleses de los jerarcas, los cottages”, dice el historiador. Pero, además, los ingleses lotearon parte del terreno que habían adquirido y lo vendieron en cuotas. “Eso dio origen al pueblo Peñarol. La gente compraba un terreno y construía la casa”, cuenta. A falta de medios de transporte, los obreros que no vivían en las propiedades de la fábrica también tenían la necesidad de vivir cerca. Entonces, estos terrenos eran vendidos a los empleados de los talleres, relata el historiador. A lo largo del siglo XX, el ferrocarril regaló el terreno para una escuela. Llegó a la zona la comisaría y un juzgado. “Ese pueblo obrero era un barrio totalmente alejado de Montevideo. Es solo comparable con la Barra de Santa Lucía, que sigue siendo un pueblo rural. Pero, con el tiempo, Peñarol empezó a interactuar con la ciudad”, dice Bianchi. Lo que hizo único a este lugar fue una “individualidad doble”: se conocían todos y casi todos trabajaban en el mismo lugar. “Ese sentido de pertenencia, esa calidad de locales, se perdió en cuanto la ciudad alcanzó al barrio”, se lamenta Bianchi. El historiador hace un paralelismo con Maldonado, que pasó de ser una ciudad del interior a “un suburbio de una ciudad internacional”. Y entonces llegamos al siglo XXI: “Los más mayores no pueden convencerse de la situación en la que viven. Esto era un pueblo hecho y derecho. Había una identidad”, afirma. “Peñarol se degradó como el ferrocarril”. Así, Bianchi condensa un siglo. “Pero todo eso ya es el presente. No es exactamente lo mío”. EL GATO Y EL RATÓN. Daniel, un vecino de Peñarol, coincide con el historiador. Dice que, cuando era joven, Peñarol “todavía era un pueblo” en el que “todos se conocían”. Ahora ya no. Pero cuando Daniel conversa con su señora, parados en la puerta de la casa, Peñarol vuelve a parecerse a uno. Mencionan apellidos, familias, el que vive en tal calle; hablan de un hijo de tal que ahora está preso, el hermano de tal al que mataron en una esquina. La señora resume así la situación del barrio: “Nosotros tenemos el auto en un garaje a ocho cuadras. Hace unos días tuve que ir de noche y me pedí un taxi. Yo por acá no ando después de las ocho de la noche”. Sobre la presencia policial hay versiones encontradas. Una vendedora que atiende un puesto en la calle dice que, al menos desde mayo, la vigilancia es “constante”. “De noche pasan helicópteros con luces. Yo nunca había visto eso acá, en los 30 años que tengo en el barrio”, dice a El País. También nota que hay más uniformados en la calle, al menos más que hace tres meses. En cambio, Daniel y su señora dicen que la presencia policial ha ido mermando. “Llega la noche y veo cómo pasa una camioneta que los viene a buscar y se van. Después, esto queda tierra de nadie”, dice ella. Javier, el herrero, cuenta que hubo un operativo grande cuando pasó lo de los homicidios, pero que cada vez se ven menos policías en la calle. “Cuando hacen los operativos están tres meses, marcan presencia, están en la cabeza de la gente… Pero después se van y empieza a notarse el robo pequeño”, dice. “Roban macetas, faroles, plantas. Es como el gato y el ratón. Se va el gato y ellos empiezan a revolotear”, ilustra el herrero. “Pero esos no son los que se matan”, puntualiza, refiriéndose a los que protagonizaron la ola de homicidios ocurrida hace apenas dos meses. No son los que matan, pero son los que están alrededor de las bocas, sospechan los vecinos. Los que roban para comprar. “Están dentro del ciclo de ese delito, de las drogas. Concretamente, lo que ahuyentó el operativo policial fue a los que miran casas para robar, a los que arrebatan en la calle”, dice Javier. Santiago González explica que hay circuitos de presencia policial, y que en Peñarol hubo días “de una presencia policial gigante”. “Nos encantaría tener esa presencia en todo Montevideo durante todos los días del año, pero sabemos que no es tan sencillo”, dice. Asimismo, asegura que hay puntos de control que todos los días van cambiando según el horario, “para tener todas las rutas de Peñarol controladas, las de entrada y de salida”. González insta a la gente a que denuncie por cualquiera de los canales. “Es lo que tenemos como posibilidad para llevar adelante la investigación de Fiscalía y la formalización. Cuanto más denuncias haya, más investigación hay sobre las personas y los autos, sobre todo aquello que hace que haya delitos conexos a la pasta base”, afirma. CONVIVIR CON EL DELITO. Noelia recibe a El País en su casa. Abre el garaje e invita a entrar al auto. “Yo digo por las balas”, bromea. “Ahora arreglamos el frente, pero antes se notaban los balazos”, dice después. Noelia —no es su nombre real— vive en un barrio a pocas cuadras de Peñarol. Está cerca de las intersecciones donde tuvieron lugar los crímenes más sangrientos. En un muro del barrio se lee “Lalo”, por Lalo Algorta, líder de una de las bandas de narcotraficantes del 40 Semanas, asesinado en diciembre de 2017 de seis tiros. Noelia y su familia conviven con los dueños de una boca de drogas que tiene a los vecinos en vilo desde hace años. “Ahora hace bastante que no escuchamos disparos”, dice. “Bastante” son tres días. “La gente puede decir que es un barrio lindo, que está todo tranquilo. Y sí, está todo tranquilo pero te ponés nervioso en dos segundos”, cuenta. “Acá es así. Todo es en un segundo. Podemos estar acá, charlando, pasa una moto y empieza ‘papapa’. Una moto tira, ellos responden; el barrio queda alborotado y empiezan a andar arriba de los techos”. En 2018 hubo un operativo de saturación en el que se hicieron allanamientos y se detuvo a un integrante de la banda que después fue preso. Pero eso no terminó con la organización. Cuando cae uno, le toca liderar “al más gallo del gallinero”. En ese entonces pusieron cámaras en varias columnas, de las que ahora solo quedan los soportes. Más acá en el tiempo, Noelia, junto con otros vecinos, tuvo reuniones con autoridades del ministerio para pedir más presencia policial. “Pero no la conseguimos nosotros. La consiguió la violencia”, se lamenta. Ahora, en las avenidas cercanas hay camionetas policiales de rápida respuesta. Están en la mañana y en la noche. Aún así, Noelia relata: “Hace poquito vimos en la esquina a uno de ellos (de la boca), parado, con un arma. Enseguida llamamos al 911 y empezamos a contar. Pasaron ocho minutos hasta que llegó la Policía. Él ya se había ido”. Ella visualiza esto: una cadena con eslabones que en algún punto hay que cortar. Y empieza por uno de los lados: están los que vienen a la boca a comprar, “esos, justamente, son los que le roban la cartera a una señora que espera el ómnibus”, dice. “¿Se corta ahí el eslabón? ¿Hay que atacar al que consume, para que no compre? ¿Pero a quién le importa el que consume?”, se pregunta. Noelia está convencida de que hay que cortar la cadena cuando un niño o un adolescente se desvincula de la educación. “¿Por qué no fuiste a la escuela?”, le preguntó una vez a un niño, hijo de la familia dueña de la boca. “¿Para qué voy a ir, si voy a ser chorro?”, le contestó él. Ella dice que mucha de la violencia de la zona sale de esta boca. Que se pelean con otras, que han matado clientes. “Pero nadie los quiere porque son pastosos. Quedan en el olvido, no los reclama nadie, no se resuelve nunca”, dice. Y así, la cadena no tiene fin. Vecinos y autoridades llegan siempre a la misma conclusión: detrás de la violencia está el narcotráfico. González lo reconoce: “Tenemos un gran problema de narcotráfico, de microtráfico muy importante. Y estamos combatiéndolo. También, el combate al microtráfico tiene respuestas de ese otro lado”, dice el jerarca. Y después asevera: “Una lucha por la droga y por el territorio siempre es violenta. Todo lo que sucede en torno a la droga es violento. Y nuestra lucha contra ellos no es sencilla, ni se hace de la noche a la mañana”. Noelia vio nacer y crecer a los que ahora están en lo más alto de la pirámide del delito. “Y el barrio así, como está ahora, nunca estuvo”, se lamenta. “Yo me he movido por mi barrio. Me dicen que no me meta, que yo no voy a solucionar nada. Yo sé que no voy a solucionar nada. Pero si no, parece que siempre van a ganar ellos”, dice Noelia y se le quiebra la voz. “¿Siempre van a ganar ellos? ¿Tiene que ser así?”.

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