Guasquero por su padre, poeta y lector por su madre

Antonio Larrosa desarrolla uno de los oficios más tradicionales del país

ANALÍA FILOSI

2022-08-06T07:00:00.0000000Z

2022-08-06T07:00:00.0000000Z

El Pais Uruguay

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VIVIR

Temporal con aguacero/ lo refugia en el galpón/ trenza en yapa, tradición/ la destreza del guasquero”. Primera estrofa del poema El guasquero, que Antonio Larrosa escribió en homenaje al oficio que profesa, según dice, “desde que abrí los ojos”. Los abrió hace 42 años en Treinta y Tres, pero toda su vida transcurrió en Lavalleja, un departamento que se considera la cuna de la guasquería, la actividad que desde chico le vio desarrollar a su padre. “Me crié en el seno de un taller de guasquero”, cuenta orgulloso al recordar a su padre Lides Larrosa. En tanto su madre, la maestra rural Alba Condeza, le heredó su amor por la lectura y la escritura. “Lamentablemente desde hace mucho tiempo tiene una enfermedad que no es muy fácil de llevar, Alzheimer. A ella le debo mucho de esto porque como toda madre es mi hincha número uno. No ha podido ver nada de mis logros últimos”, comenta con pena sobre la mujer nacida en José Pedro Varela que se casó con un peón rural de Batlle y Ordóñez. Cuando Antonio tenía 3 años se mudaron a Pirarajá, donde vivió como hasta los 20 años, momento en que se mudó a la ciudad de Minas para estudiar Administración y Gestión de Empresas. “En esa época no conseguí mucho trabajo, entonces opté por dedicarme a lo que medianamente había aprendido con mi padre, las cosas básicas. Me empecé a perfeccionar y lo tomé como un medio de vida. Después empecé con las clases y este oficio se volvió mi vida entera. Calculo que va a ser lo que haga de aquí en adelante”, dice y otra vez aflora el orgullo. Valora mucho su recorrido por exposiciones y concursos nacionales e internacionales, con muchos premios en su haber. “Eso es motivante. Para los artesanos, en definitiva, es fundamental porque no hay que olvidarse que trabajamos en un taller solitariamente, escuchando alguna radio. Entonces tenemos que buscar un motor de motivación”, apunta. Antonio escucha mucho canto popular, otra de las pasiones que identifica como legado de su madre. “Agarro la guitarra y me gusta componer alguna cosa, más que nada para mí”, señala y aclara que, si bien lo suyo es la música autóctona, escucha de todo. Todo está allí, en El Abra, como bautizó a su “tallercito”, como le gusta definir al lugar donde tiene sus materiales, sus herramientas, su radio y sus libros. “Tengo de todo lo que refiere al criollismo, sobre todo a la poesía gauchesca y obviamente muchos libros de guasquería. No tengo mucho tiempo para leer, pero lo intento”, acota entre risas. Desde hace 12 años enseña a otros lo que sabe, algo que años atrás no era muy común. “Antes se era muy celoso con este saber y no se transmitía mucho. Eso también hizo que un poco se perdiera y que hace unos años se empezara a decir que este oficio estaba un poco desaparecido”, señala. El guasquero, Destaca que por suerte en el último tiempo la guasquería se ha reinventado y se ha trasladado un poco a la ciudad, incorporando accesorios urbanos como materas, portamates, cinturones, llaveros, portacelulares o billeteras. “Creo que por ahí viene un poco el resurgir. No es la esencia misma de la guasquería, pero sí tiene relación directa por los materiales que usa”, explica quien trabaja fundamentalmente con el cuero yeguarizo que pela con cal natural. Esa mezcla entre la guasquería tradicional y la más “urbana” se hace notar en sus alumnos, que pueden ir desde “la gurisada joven que ha crecido al lado de un taller de guasquería porque los padres son de campo y vienen a la ciudad a estudiar, hasta algún jubilado de otra profesión que toda su vida quiso aprender esto”, describe. También las mujeres se acercan a aprender, muchas porque es un mandato que les viene de familia. “Lo que tiene este oficio es que genera un vínculo muy personal y humano que después se transforma en amistad. Eso es lo más lindo que hay”, destaca de sus clases. Se ríe cuando recuerda que para no perderlas, en tiempos de pandemia debió adaptarse a dictarlas por Zoom. “Fue el desafío más grande de mi vida como docente. ¡Pah! Un partido… por lo menos mantuve la vinculación con el grupo, que era lo que yo más quería”, confiesa. De épocas de pandemia también valora poder haber hecho dos Expo Prado y con premios. Atesora especialmente la foto que se pudo sacar con el presidente Luis Lacalle Pou por el significado simbólico. “Sea del partido político que sea, creo que tener una foto con un Presidente es importante y gratifica. Tenerla en el taller parece ser una cuestión un poco superficial, pero no lo es a la hora de buscar una motivación en esos días en que no andás con muchas ganas de trabajar”, sostiene. También le gusta remarcar que “en estos tiempos tan difíciles socialmente hablando, la guasquería es como un cable a tierra, un ‘amansalocos’. Además es una herramienta para la vida, un oficio que enseña muchas cosas más allá de técnicas de trenzado, de cortar tiento y sobar cuero; enseña la filosofía de vida de siempre trabajar con empeño y sacrificio e ir para adelante para lograr las cosas. Creo que es la principal enseñanza que deja este oficio porque es todo a base de corazón”, concluye este guasquero poeta.

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