La última cita de Joan Manuel Serrat con el público uruguayo

BELÉN FOURMENT

2022-11-24T08:00:00.0000000Z

2022-11-24T08:00:00.0000000Z

El Pais Uruguay

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ESPECTÁCULOS

Tuvo todo lo que tenía que tener. Tuvo la evocación y la nostalgia, la raíz y la frescura, la picardía y la solemnidad. Tuvo familiaridad y cercanía, pero también la dimensión del escenario y de la ocasión. Este martes 22 de noviembre, frente a una Tribuna Olímpica repleta, Joan Manuel Serrat se despidió del público uruguayo y se presentó por última vez en vivo en Montevideo, en el Estadio Centenario. Ahora quedarán las canciones y, para varios miles, los que estuvieron allí, este recuerdo vivo, indeleble. Con 78 años de edad y 57 de carrera, y tras la pausa impuesta por el coronavirus, Serrat —uno de los principales autores de la canción en español— decidió emprender su última cruzada. El vicio de cantar (1965-2022) es la gira que lo tiene en los escenarios para despedirse de forma definitiva. Ha dicho que es hora de ocuparse de cuestiones íntimas y necesarias y eso, lo íntimo y lo necesario, también estuvo en juego en su actuación final en Uruguay: sostuvo durante dos horas y media un pacto de calidez con una audiencia que lo escuchó con atención y respeto, y que condecoró cada canción con una ovación cerrada. Apenas pasadas las 21.00 y luego de que el público aplaudiera a varias de las figuras que llegaron al lugar (de la intendenta Carolina Cosse al cantor Pepe Guerra), Serrat y su banda —la banda primero, la estrella después— rompieron el hielo con una apretada versión de “Dale que dale”, parte de los vaivenes de un show sereno y de clima variable. Por momentos, para hacer gala de su carisma todavía aniñado, juvenil, Serrat interpretó canciones vigorosas —“Algo personal”, “Hoy puede ser un gran día”— y encarnó largos parlamentos de comedia. “Les quiero aclarar que este no es el último concierto”, dijo bien al principio. “Pero en caso hipotético de no llegar al final del concierto, ustedes siempre podrán presumir: 'Yo estuve ahí', 'Yo vi cómo se caía...'. De modo que, por previsión, no se deshaga de los boletos. Pero no devolveremos el dinero”. Más adelante desarrolló una suerte de rutina alrededor del gin tonic, la mujer que no necesita bañarse en agua bendita (la de su tema “La mujer que yo quiero”) y la reina Isabel II. Su stand up monárquico —perfectamente guionado y leído con oficio y ciertas libertades desde un teleprompter— fue uno de los pasajes más reideros de la noche. El otro, improvisado (casi todas sus conversaciones fueron la réplica de las mantenidas en la gira), llegó cuando sobre un lado de la boca del escenario percibió, en el aire, olor a marihuana. Amagó con quedarse sobre ese rincón durante el resto del concierto e hizo gala de su chispa natural. La simpatía y la complicidad fueron equilibradas con lo emotivo y lo político, con lo profundo. En algunas instancias, Serrat puso al público en un puño y lo trasladó por la casa de su infancia, el pecho de su madre, la vida de su abuelo — que aprovechó para hacer una sutil mención a la perseverancia en la búsqueda de los desaparecidos— e incluso por algunas preocupaciones tempranas y todavía muy vigentes, como las que canta en catalán en la hondura de “Pare”, pieza del disco Per al meu amic de 1973. Cuando estiró la “i” doliente del estribillo de “Lucía” como si en esa suspensión estuviera la clave misma de la noche; cuando trancó la garganta para que por una rendija salieran, suplicantes, cada uno de los versos de “Canço de Bressol”; o cuando endulzó el cierre con “Aquellas pequeñas cosas”, demostró que el sentimiento que tiene al cantar, el que le ha permitido generar esta relación de confianza con sus seguidores, es a prueba incluso de una última despedida. En más de una oportunidad logró que el Centenario, el mayor escenario del país, se sintiera como una sala de teatro pequeña, de distancias breves, de clima privado. En eso, su banda fue fundamental. Comandada por su eterno socio, el pianista Ricard Miralles, la formación que incluyó vientos, cuerdas, guitarras y batería hizo una ejecución suave de cada una de las músicas, como para vestir a medida la interpretación de Serrat, a veces potente y otras veces (sobre todo al principio) huidiza y volátil. No hubo mención, a pesar de que desde la platea alguien le reclamó un homenaje, al fallecimiento de Pablo Milanés. Estuvo, sí, el recuerdo a su amigo Mario Benedetti, a quien homenajeó a la hora de los bises a través de “Una mujer desnuda y en lo oscuro” y “Defender la alegría”. El lunes, en la previa, lo habían premiado en la Fundación Mario Benedetti, por su compromiso en la lucha por los derechos humanos. Ayer, antes de irse, recibió el doctorado Honoris Causa en la Universidad de la República, horas después de haber compartido almuerzo con sus amigos José Mujica y Lucía Topolansky. En el show del martes no hubo alusiones explícitamente políticas en la guionada oratoria, aunque sí en el repertorio y el respaldo de las visuales, evidente en “Para la libertad”, que terminó con el grito abierto y el puño en alto de la gran mayoría de los presentes; y en “Mediterráneo“, ese hit que también parece hablar del Río de la Plata y que vistió con, entre otros registros, imágenes de migrantes cruzando en barca el famoso mar del título. Tuvo, la despedida de Serrat, todo lo que tenía que tener, un poco de todo lo que ha hecho y sostenido una carrera de casi seis décadas; de todo lo que justifica y respalda el amor que, en el Centenario, más de 15.000 uruguayos le demostraron tener. Tuvo la sensibilidad y la dureza, el repertorio personal y el de grandes éxitos, el compromiso y la espontaneidad. La lágrima y el ánimo de fiesta, la única forma de traducir el agradecimiento de una multitud a toda una vida de canciones, de versos y de camino compartido al andar.

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